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9 jul. 2008

Lo que no nos dicen

Ansiosos de aprender, los humanos pasamos horas y horas delante de textos en diversos formatos, escudriñando en el significado de unos garabatos nacidos en los albores de la historia. Mejor dicho, nace la historia con la aparición de esos garabatos, con la posibilidad de poder traspasar la barrera del tiempo que dura una persona sobre la tierra (o su memoria en buen estado), dejando por escrito los conocimientos que atesoró en vida.
Tras las leyendas, los cuentos, la épica y el teatro, otras formas literarias facilitaron la difusión de la creación humana. Los productos de la imaginación y de la investigación se propagaron por igual gracias a Guttemberg (y otros muchos).
Llegó el momento en que los ilustrados quisieron elevar el nivel de la cultura popular y lo consiguieron en gran medida gracias al libro... Pero la contraofensiva fue terrible: miles, millones de textos saldrían de las imprentas a partir de cierta época sin garantía ni tan siquiera intención de elevar nivel cultural alguno. Por el contrario, la gran sombra proyectada por la luz de la palabra, ha producido aberraciones increibles y se ha conseguido tal ruido informativo, que el cerebro humano es incapaz de sintonizar adecuadamente la frecuencia que le conduzca por un camino ciertamente positivo para él. Por supuesto que siempre hay privilegiados, pero no fue para estos para los que escribieron aquellos ilustrados, pues ellos mismos ya disfrutaban de sus textos entre sí, si no para los que hasta entonces apenas habían tenido acceso a la lectura cuando no la habían tenido prohibida.
La enseñanza obligatoria trajo consigo algunos males que han pasado desapercibidos ante la evidencia de los grandes beneficios aportados y se ha conseguido una clase de analfabeto funcional acompañada muy de cerca por la del alfabeto que sólo interpreta lo escrito, sin pararse a cuestionar nada que no esté escrito ni, por supuesto aportar una idea que no haya leído a su vez en algún otro libro, convirtiendo las referencias culturales en una gran maraña que nadie se atreve a desliar porque se encontraría probablemente a sí mismo frente a un espejo leyendo un sólo libro que habla de otro libro referenciado por una tercera persona que nunca leyó el original.

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